jueves, 26 de julio de 2007

Los auténticos milongueros

Hasta hace poco tiempo, los milongueros estaban destinados a morir en el anonimato del baile. Pero el fenómeno del tango en todo el mundo los transformó en la última década en las figuras buscadas por prestigiosos artistas como Pina Bauch, Carlos Saura, Sally Porter y por bailarines consagrados como Miguel Angel Zotto, que se inspiraron en ese baile de salón con estilo y elegancia para sus espectáculos. Los milongueros encarnan ese tesoro escondido de la danza tanguera, la representación de un imaginario porteño que pertenece a otro tiempo, la conservación de códigos en extinción, una fuente de sabiduría inagotable y la sutileza de un baile irrepetible.

Carlos Gavito y Puppy Castello pertenecen a esa raza de bailarines. Populares en el ambiente milonguero, Gavito y Castello fueron convocados para volcar sus invalorables enseñanzas en el proyecto Ballet Escuela de Tango Argentino, que intentará enseñar a las nuevas generaciones los secretos y la identidad de ese baile de salón, junto a otros destacados milongueros como el "Pibe" Avellaneda, el "Gitano" Domínguez, el "Turco" José, Gerardo Portalea o el "Chino" Perico, entre otros. Son los últimos milongueros. Los que se foguearon en los clubes de Urquiza, Pompeya, Mataderos y Avellaneda; los que saben caminar la pista y conservan el baile al piso, y los que se recibieron en la academia de la calle. Ahora son rescatados del olvido, por el Ballet Escuela y por un documental que está filmando Bebe Kamín.


Gavito es un reconocido milonguero y una especie de filósofo zen del baile, que se pasó más de la mitad de su vida buscando ese momento de iluminación en la danza. "El secreto del baile está en ese instante de improvisación que se da entre paso y paso. Es hacer posible lo imposible: bailar el silencio", dice el bailarín que con sus coreografías maravilló a gente de la danza contemporánea como Oscar Araiz. -¿Qué le interesa transmitir a las nuevas generaciones de bailarines? -Que no sean calcos de otros. Lo primero que hay que hacer para aprender a bailar es saber escuchar la música. Escuchar "Nocturna", de Julián Plaza, es como escuchar la calle Corrientes de noche. Es increíble cómo escuchás los ruidos y los bocinazos. Todo eso tiene que estar cuando bailás. Gavito creció escuchando las orquestas que llegaban a Sarandí. Eso lo salvó. Podría haber terminado mal, como otros pibes de su barrio, pero se puso a estudiar bandoneón y se convirtió en un apasionado de la música y del baile.

Como su danza, sus palabras son otra clase magistral: "En la música están todos los pasos que necesitás. El bajo, por ejemplo, te marca la forma de caminar del hombre con todos los problemas que amasijan la existencia de uno. Está el violín, que suena como la mujer. Por eso, cuando uno va bailando y viene una parte muy linda de violín le tiene que decir a la mujer: ´Bailame, bailame´. Después tenés el piano, que es muy sencillo porque es el momento en que los dos van caminando juntos. Entonces hay una comunión de movimientos. Y después, el bandoneón, en el que está el espíritu del tango. Al fueye no se lo sigue; es como una pompa de jabón y yo me meto ahí adentro. La pompa se mueve conmigo adentro, pero yo no me muevo. El que se mueve con la variación de un bandoneón parece un payaso. Hay que estar loco para seguirlo. Esto es lo esencial para aprender a bailar", revela Gavito. El maestro dice que su mayor pecado como bailarín fue alinearse con el tango fantasía. "Hago mi mea culpa porque, en un momento, por necesidad también hice eso, pero por suerte me reencontré con el verdadero baile, el del silencio, el de seguir la melodía."
Carlos Gavito recorrió el mundo, dio clases magistrales en casi todos los continentes y realizó hasta videos hogareños con lecciones de tango. Aprendió que para bailar hay que saber escuchar. Sobre esa creencia se basa su danza. "Hay bailarines que no saben escuchar. Nunca les dijeron que a la mano izquierda del Gordo Troilo no la podes apurar y si querés hacer un gancho yo te quiero matar", sentencia Carlos Gavito y su palabra parece santa. "Lo importante es saber para qué queremos bailar -apunta el milonguero-. Bailamos una soledad que tenemos dentro de nosotros y no la podemos ocupar con nada. Ese vacío al que le ponemos movimiento es el tango."