jueves, 14 de febrero de 2008

Los 4 vientos de Zaragoza, una historia de amor

Un buen amigo mío escribió esta historia que no deja de conmoverme cada vez que la leo, ya no por el contenido de la misma, sino por el cariño y lo que representó esa vivencia para todos y cada uno de los componentes de la misma. Fue publicada un 14 de Febrero hace 3 años. Hoy sale de nuevo a la calle. Hermanito, va por ti:




Sólo vi a dos, cuando vinieron a buscarme, pero eran cuatro… Si las encontrabas por separado eran biónicas, juntas, se complementaban de manera perfecta y formaban un arco iris, una tormenta y una avalancha, terribles si, pero hermosas.

Para mi fue como amor a primera vista, luego de pocas horas me habían cautivado. En pocos días, ya era suyo mi corazón. A veces me sorprende darme cuenta del cariño que despertaron en mí en un tiempo tan corto. Apenas viví con ellas una semana…

Una, era Ángela para mí la jefa, la cabeza de la familia. Un carácter fuerte ablandado por su dulzura. Una guerrera de la vida, enfrentada a la dureza de hacerse adulta, luchando su batalla personal con increíble dignidad. Siempre alegre, divertida, aunque con una leve sombra de tristeza en sus ojos, como si algo la preocupara… Quizás extrañando los días de Erasmus, los amigos dejados en el camino o unas horas más de sueño. Encantadora, líder, te dejarías guiar por ella hasta el fin del mundo.

Otra, Rosa una lluvia de colores, también bajo el peso de las responsabilidades. Acabó la uni hace un tiempo y ahora trabaja. Alegre, alma de las fiestas, junto con Ángela hicieron temblar más de un pueblo ¡más de una disco! Vibrante y llena de vida, podías hundirte en sus ojos soñadores, podías sentarte horas a conversar y reírte de todo, reírte de nada, te embrujaba con su sonrisa.

Luego, Carla, ¡genial! Un alma de una pureza increíble, navegando la vida con hermosa ingenuidad. No porque fuera ingenua, sino porque es su manera de vivir. Con ángel o buena estrella, justo ese tipo de personas que se mueve por la vida como si el viento siempre estuviera a su favor, imparable. Cuando estás con ella las horas se pasan volando, estás contento, la pasas bien. Llena de chispa, llena de ocurrencias, siempre riendo.

Finalmente, la cuarta, Laura, pura ternura, puro corazón, tímida e inocente, pero con un camino andado, con historia. Miles de risas y lágrimas dejadas atrás la han fortalecido. Hoy, lucha por su lugar en el mundo, por sus días felices. Sencilla, siempre está bien en cualquier sitio, flexible, se acomoda buscando la posición perfecta para estar bien y disfrutar cada momento. Dueña de la virtud más grande, la habilidad de reírse de si misma, es casi invulnerable a los embates de la vida. Su corazón la hace una chica sentimiento, rompecorazones.

Luego de estas descripciones cabe una aclaratoria, no os confundáis, mi amor es de familia, son mis cuatro hermanitas… Bueno, je, je, en realidad sólo tres, a una preferiría darle otro calificativo un tanto menos incestuoso…

Así, una tarde me abrieron las puertas de su hogar, de su familia nacida de las circunstancias y me acogieron sin conocerme (aunque muy bien recomendado), como un miembro más de su clan. Los primeros días, naturalmente, fueron un poco tensos (al menos para mí). Aunque ellas se esforzaban para que me sintiera como en casa. De hecho, muy pronto me sentí así.

La casa, un piso luminoso y lleno de vida. Al cruzar el umbral, a mano derecha estaba la sala (¡mi cuarto!). Allí compartíamos las comidas y veíamos televisión, amenizados siempre con las historias y andanzas que cada una había vivido en el día. Las comidas eran una mezcla casi mágica entre productos congelados y cocina casera. Saludable, deliciosa y balanceada. De vez en vez, cocinaba yo y, por supuesto, rompía la dieta de todas con mis inventos culinarios de alto contenido calórico… Un poco de helado, un poco de chocolate y ensaladas con merey.

Recién llegado a la ciudad, dependía de ellas para moverme e ir aprendiendo la vida de Zaragoza. El poco machismo que quedaba en mis venas latinas, fue eliminado pronto bajo el cuidado de mis cuatro princesas. Yo era el niño, el chicuelo y ellas, las responsables de mí cuidado.

Así pasaban los días, divertidos, en familia, viviendo en mi nuevo hogar. Hogar como el que nunca más tuve en la ciudad. No era la casa de cuatro chiquillas estudiantes y sexys, era un hogar y cada una, un miembro de la familia con deberes y responsabilidades muy claras. Cada quien cumplía su rol y la vida transcurría dulce y cálida.

Pero como todo paraíso, como cada momento feliz, tuvo que llegar a su fin. Ya era hora para mí de seguir mi camino y dejar que mis princesas volvieran a disfrutar de su intimidad ¡ále! Que tener un tío metido en casa por más de diez días no era exactamente su idea de paz y tranquilidad… Especialmente cuando el tío no era ningún angelito plácido y sereno, sino un bicho inquieto y medio salvaje como yo…

De igual modo, ya el daño estaba hecho y cuando crucé la puerta de esa casa, esta vez de adentro hacia fuera, cargando mis maletas y mi bajo, un trocito de mi corazón se desgarró, cayó y quedó dentro de ese hogar, donde aún vive y vivirá por largos años. Pero, no os preocupéis queridos lectores, esta no es una historia triste, al contrario, es una historia feliz. Es la historia de cómo el destino junta almas por un instante y estas quedan pegadas para siempre.

Ahora, no las veo a diario como antes, pero si de vez en cuando. A veces nos reunimos a cenar, a veces nos vamos de fiesta, a veces nos hablamos por teléfono… Y lo mejor de todo es que su encanto ha sido expansivo, pues cada amigo nuevo que hago, queda también encantado por ellas, luego de escuchar la historia de mí llegada a Zaragoza, e ineludiblemente me dicen: Carlos, tienes que presentarme esas chicas. Pero ¡ojo! Que son mis hermanitas, así que ¡a portarse bien y andarse con mucho cuidado! Imagino que ellas no deben estar especialmente contentas por tener un hermano sobre protector de gratis, pero… así es la vida, cada cosa buena viene acompañada de una parte negativa, je, je, es parte de el balance del universo.


No era una, no eran dos, eran cuatro y cautivaron mi corazón con su afecto, su alegría y su calor de hogar. Mi familia y mi punto de referencia en esta ciudad. Quisiera verlas siempre felices, llenas de aventuras y alcanzando sus sueños. Sé que las extrañaré, de hecho ya las extraño. Pero acepto mil veces el sufrimiento de extrañarlas, pues el placer de haberlas conocido es gigantemente superior.




Frases para pensar...

Felicidad no es hacer lo que uno quiere sino querer lo que uno hace.

Las mujeres han sido hechas para ser amadas, no para ser comprendidas.

La primera vez que me engañes, será culpa tuya; la segunda vez, la culpa será mía.

Si usted quiere saber lo que una mujer dice realmente, mírela, no la escuche.

Todos somos muy ignorantes. Lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas.
Muchas personas se pierden las pequeñas alegrías mientras aguardan la gran felicidad.

Cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto.

Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo.

El sabio no dice todo lo que piensa, pero siempre piensa todo lo que dice.

Cuando apuntas con el dedo, recuerda que tres dedos te señalan a ti.

Una de las alegrías de la amistad es saber en quien confiar.

La magia del primer amor consiste en nuestra ignorancia de que pueda tener fin.

La confidencia corrompe la amistad; el mucho contacto la consume; el respeto la conserva.

Uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla.

El que es celoso, no es nunca celoso por lo que ve; con lo que se imagina basta.

El futuro nos tortura y el pasado nos encadena. He ahí por qué se nos escapa el presente.

Me interesa el futuro porque es el sitio donde voy a pasar el resto de mi vida.
Uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído.

Cuando se es amado, no se duda de nada. Cuando se ama se duda de todo.

La vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes.

No basta saber, se debe también aplicar. No es suficiente querer, se debe también hacer.

El verdadero amor no se conoce por lo que exige, sino por lo que ofrece.

Exígete mucho a ti mismo y espera poco de los demás. Así te ahorrarás disgustos.